¿Eres coherente contigo mismo?

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¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación de haber sido completamente integro? Liberados de nuestros conflictos internos e impermeables a las presiones externas que recibimos, todos podemos actuar según nuestra escala de valores. Eso no significa que dejemos de escuchar a los que nos rodean, sino que deberíamos ser más honestos con nosotros mismos.

El conocimiento de uno mismo es la piedra angular de nuestra armonía interior.

¿Cuándo nos sentimos de acuerdo con nosotros mismos? De pronto decimos o hacemos algo que puede ir en contra de la opinión general o de lo que los demás esperan de nosotros. Sin embargo expresarlo nos llena de satisfacción porque sabemos que es lo correcto. Nos hace sentir coherentes con nosotros mismos.

El desarrollo del criterio propio forma parte de la evolución del individuo. La observación y el juicio conducen a la independencia del pensamiento que guía nuestra conducta. Actuemos con libertad sin que nos pese prejuicios, temores u otros condicionantes es la actitud de unas personas coherentes y seguras. Atrevernos a decir NO cuando lo creamos conveniente, desprendernos de los anhelos y la expectativas que hace nuestro entorno sobre nosotros y no estar sometidos a las normas colectivas, sociales y culturales. Pero eso es la teoría… tenemos el peso de la educación recibida, los valores que nos han trasmitido.

La valentía de ser nosotros mismos. Somos lo que pensamos. La vida es evolución, pero no con respecto al otro, sino respecto a nosotros mismos. Una de las grandes barreras que se nos presenta para subirnos al tren de la felicidad pasa por una de las estaciones de nuestra vida que es la envidia. ¿Quién no vive pendiente del logro ajeno?.

La comparación  más sabia es en relación a nosotros mismos, la verdadera nobleza es ser mejor de lo que éramos. ¿Cómo andamos de autoestima?.

Tengamos una vida con principios. Seamos honestos con nosotros mismos en cualquier ámbito, sin dejarse vencer por el miedo a decepcionar a los que nos rodean.

Podemos engañar a todo el mundo pero que triste es engañar al que vemos cuando nos miramos al espejo. Seamos valientes y superemos el miedo al fracaso.

Y para finalizar esta pequeña reflexión no olvidéis que la coherencia personal implica saber reconocer los errores y sobre todo ser capaces de cambiar.

GRACIAS.

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Para ser feliz, ¿basta con decidirlo?

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Como un caballo detrás de una zanahoria, todos corremos buscando una felicidad perfecta, casi imposible de alcanzar.. ¿Elegimos ser felices? Quizás haya que empezar ajustando nuestro concepto de felicidad, para darnos cuenta de que no es solo algo que les ocurre a los demás.

Estamos en una época que vivimos como inestable y en crisis. Si nos damos una vuelta por los escaparates o estanterías de las librerías, comprobamos que han proliferado los libros del bienestar, de autoayuda, de enseñarnos con recetas y consejos a ser felices…

Felicidad del tipo hedonista o budista, sinónimo de alegría corporal o de paz espiritual, felicidad austera para los amantes de la frugalidad o amantes de la cualidad de ser austeros, prudentes o contagiosa para los partidarios del pensamiento positivo… ¿qué felicidad quieres?

Aunque es evidente que no existen recetas mágicas ni trucos infalibles, los psicólogos están de acuerdo en que la experiencia de la felicidad depende, en gran parte, de nosotros mismos, de la manera en que gestionamos nuestras emociones y enfocamos la realidad.

La felicidad no es ausencia de dolor. En los libros de autoayuda lo que nos venden es eliminar completamente el sufrimiento de nuestras vidas, por no hablar de los anuncios, en los que parece que la felicidad es estar todo el día riendo… Si buscamos esa felicidad no la vamos a encontrar nunca. Porque, de hecho, el sufrimiento esta siempre presente en nuestra vida, habrá momentos que suframos más o menos pero siempre tenemos algo de sufrimiento. El sufrimiento está dentro de la felicidad.

Creo, y es mi opinión, que la diferencia entre las personas felices y las que no lo son, reside en que estás últimas el sufrimiento invade toda su vida, mientras que las felices lo ponen en una pequeña mochila y siguen mirando hacia delante.

Correr detrás de la idea de una felicidad perfecta y sin fisuras en la que nada malo nos pueda pasar es en sí mismo fuente de insatisfacción. Si dejamos que el sufrimiento se convierta en el centro de nuestra vida, repercutirá en todo lo demás..

Apostar por la felicidad no es luchar por evitar cualquier cosa que nos pueda hacer sufrir, sino, sencillamente, no convertirnos en esclavos de nuestro sufrimiento. Ser capaces de cambiar el foco de atención para no centrarnos en lo que nos duele. Si nos focalizamos en los negativo descuidaremos lo positivo.

La vida es tan compleja que nunca sabremos si lo que nos pasa va a ser para bien o para mal. El apego a las cosas, como si fueran inmutables es una de las grandes fuentes de sufrimiento.

Hay que cambiar la capacidad de dudar, no aferrarnos a nuestras creencias sin más y estar abiertos a nuevas perspectivas.

Aunque resulte paradójico, es en los momentos de dificultad cuando más necesitamos saber reconocer lo que nos proporciona felicidad. Porque ser capaces de no renunciar a  los momentos de alegría es la piedra de toque para superar la adversidad.

¿Has decidido ser feliz? Lucha por ello. No tengas miedo a cambiar.

GRACIAS.

 

La felicidad no existe sin la tristeza.

Esa frase con la que mucha gente no estará de acuerdo la escuché en una sesión de mediación de una pareja que había sufrido mucho, y que luego pensé y analicé intentando aplicarla a mi experiencia en las mediaciones. Permitidme que hoy sean esas reflexiones que me hice las que comparta con vosotros.

Nos hemos vuelto temerosos de la tristeza. Se ha puesto tanto énfasis en la felicidad, en el pensamiento positivo y en la autoestima, que corremos riesgo de olvidar que para ser personas plenas necesitamos aprender a sobrellevar también los momentos difíciles y que en nuestra vida hay momentos de felicidad y de tristeza de los que debemos sobreponernos.

Sabemos que las emociones “positivas” son más disfrutables y las aceptamos sin reparos, pero es absolutamente normal sentirnos invadidos de vez en cuando por el pesar, o agobiados de angustia, duda o desilusión. Todas estas emociones tienen algo que enseñarnos acerca de nosotros mismos, y sin ellas jamás sabríamos lo que es la felicidad.

Sin embargo, no todos tenemos el mismo concepto de “felicidad”, así que empecemos por el principio. El filósofo griego Aristóteles enseñaba que la vida ideal era buscar la eudaimonía, palabra que suele traducirse como “felicidad”. Pero no se refería a una vida de placeres sensoriales, ni tampoco a una existencia desligada de la realidad por la falsa creencia de que las cosas son (o deberían ser) mejores de lo que son realmente.
Su concepto de felicidad se acerca mucho más a la idea de “plenitud” que a ese sentimiento a menudo autocomplaciente y basado en el placer que llamamos “felicidad”. Para Aristóteles, la eudaimonía significaba vivir en concordancia con la razón; satisfacer nuestro sentido de propósito; cultivar la virtud; estar totalmente comprometidos con el mundo y, sobre todo, experimentar la riqueza del amor y la amistad humana.
Todo el mundo sabe que la vida en pareja no es ningún camino de rosas. Las relaciones personales pueden ofrecernos las satisfacciones más profundas y hacer una aportación enorme a nuestro sentido de plenitud, pero, en esencia, son desordenadas, impredecibles y, muy a menudo, nuestra mayor fuente de decepción, angustia y tristeza. Justo por eso es que tienen mucho que enseñarnos. Y los mediadores lo vemos a diario.
Cuando nos sentimos tristes o desanimados, llegamos a pensar que la vida es cruel o injusta, así que es fácil entender por qué, en esos momentos, la felicidad nos parece la mejor meta de vida o el estado “natural” por alcanzar. Sin embargo, eso pasaría por alto una importante verdad sobre la experiencia humana: la tristeza es una emoción tan auténtica como la felicidad. Los momentos de dicha y alegría, y también la sensación más profunda de bienestar que a veces nos envuelve, sólo tienen sentido porque representan un agudo contraste con nuestras experiencias de decepción, sufrimiento y tristeza, o incluso con esos momentos en que nos sentimos atrapados en una tediosa rutina.
Cuando oigo a los padres de familia en las sesiones de mediacion decir “Sólo quiero que mis hijos sean felices”, siempre me siento tentado a preguntarles: “¿Eso es todo lo que desean para ellos? ¿En verdad quieren que estén tan privados de emociones? ¿No les gustaría que aprendieran a sobrellevar la desilusión, el fracaso e incluso la injusticia?”
Cuando las personas experimentan cambios repentinos y drásticos, un divorcio, la pérdida de un ser querido, la estrechez económica, una enfermedad grave, su ansiedad aumenta y comúnmente sienten estrés, tristeza y, a veces, incluso pánico. Cuando se producen cambios así en toda la sociedad, se desencadenan las mismas reacciones en gran escala: una epidemia de ansiedad y un sentido generalizado de inseguridad.
Hay que manejar la tristeza ya que es una baja de autoestima y tenemos que experimentar toda clase de emociones, tanto como buenas y malas, en todas hay un aprendizaje positivo.

Para saber apreciar la luz, tenemos que haber conocido la oscuridad…. aunque obviamente no nos guste, nadie quiere estar triste, todos debemos luchar por estar felices.
GRACIAS

José A. Veiga

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