
Hay conflictos que no se mantienen por falta de soluciones.
Se mantienen por exceso de orgullo.
El orgullo tiene una habilidad extraordinaria: nos convence de que dar el primer paso es perder.
Nos susurra que pedir perdón nos hace débiles, que reconocer un error nos resta valor o que ceder significa renunciar a nuestra dignidad.
Y, sin darnos cuenta, dejamos de buscar soluciones para empezar a defender posiciones.
Entonces ocurre algo curioso: el objetivo ya no es resolver el conflicto, sino demostrar quién tenía razón.
El problema es que el orgullo suele tener un precio muy alto.
Se rompen relaciones.
Se alargan procesos judiciales.
Se enfrían amistades.
Se distancian familias.
Se pierde un tiempo que nunca volverá.
Como mediador, he comprobado muchas veces que el acuerdo comienza a ser posible cuando una de las partes deja de preguntarse:
”¿Cómo puedo ganar?”
y empieza a preguntarse:
”¿Qué es realmente importante para mí?”
La verdadera fortaleza no consiste en mantener una postura a cualquier precio.
Consiste en saber distinguir cuándo defender un principio… y cuándo el orgullo se ha disfrazado de principio.
Porque, al final, el orgullo rara vez resuelve un conflicto.
La humildad, la escucha y el respeto sí pueden hacerlo.
¿Cuántos conflictos seguirían existiendo si el orgullo dejara de dirigir la conversación?
GRACIAS
José A. Veiga