
Cuando una pareja entra en conflicto, suele pensar que el problema pertenece únicamente a los adultos.
Sin embargo, hay personas que viven ese conflicto desde un lugar silencioso, casi siempre invisible y, con demasiada frecuencia, olvidado.
Los hijos.
Aunque nadie les pregunte. Aunque nunca participen en las discusiones. Aunque parezca que continúan con su vida con absoluta normalidad.
Ellos también viven el conflicto. Y lo hacen de una forma muy diferente a los adultos.
Los hijos no son espectadores
A menudo escuchamos frases como:
“Nunca discutimos delante de ellos.”
“Son pequeños, no se enteran.”
“Intentamos protegerlos.”
La intención suele ser buena. Pero los niños no necesitan escuchar una discusión para percibir que algo no va bien.
Detectan los silencios. Las miradas. La tensión. Los cambios en las rutinas. Las ausencias.
Las puertas que antes permanecían abiertas y ahora se cierran.
Los adultos escuchamos palabras. Los niños, muchas veces, leen emociones.
El conflicto no siempre hace daño
Existe una idea equivocada muy extendida: pensar que cualquier conflicto perjudica a los hijos.
No es cierto. El conflicto forma parte de cualquier relación humana.
Lo verdaderamente importante no es si existe conflicto. Lo importante es cómo se gestiona.
Un niño puede aprender muchísimo observando a dos adultos que son capaces de escucharse, reconocer errores, pedir perdón y buscar soluciones respetuosas.
Pero también puede aprender miedo, inseguridad o formas inadecuadas de relacionarse cuando el conflicto se convierte en agresividad, desprecio, manipulación o indiferencia permanente.
Los hijos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos.
El peso que nunca deberían soportar
Uno de los mayores riesgos aparece cuando, de forma consciente o inconsciente, los hijos pasan a ocupar un lugar que no les corresponde.
Cuando se convierten en mensajeros entre sus padres. Cuando sienten que deben elegir un bando. Cuando reciben información que pertenece al mundo de los adultos. Cuando creen que tienen que cuidar emocionalmente a uno de sus progenitores.
O, peor aún, cuando llegan a pensar que ellos son responsables de lo que está ocurriendo.
Ningún niño debería cargar con ese peso. Su lugar no está en el conflicto. Su lugar está en la infancia.
La importancia de proteger su bienestar emocional
Proteger a un hijo no significa ocultarle que existe un problema.
Significa evitar que tenga que soportar las consecuencias emocionales de un conflicto que no le pertenece.
Significa permitirle querer a ambos padres sin sentirse culpable.
Significa ofrecerle seguridad incluso cuando los adultos atraviesan momentos difíciles.
Significa recordar que el vínculo con los hijos debe quedar siempre fuera de la batalla.
Porque una pareja puede dejar de ser pareja. Pero nunca deja de ser madre y padre.
El papel de la mediación
Una de las mayores fortalezas de la mediación familiar consiste precisamente en devolver el foco a lo verdaderamente importante.
No se trata únicamente de repartir tiempos, bienes o responsabilidades.
Se trata de construir una nueva forma de relacionarse como padres.
Una forma en la que los hijos no sean utilizados como argumento, como premio o como instrumento de presión.
Sino como aquello que realmente son:
Personas que necesitan estabilidad, afecto y la tranquilidad de saber que siguen siendo lo más importante para ambos.
Una reflexión final
Con frecuencia preguntamos:
”¿Quién tiene razón?”
Quizá deberíamos empezar a preguntarnos:
”¿Qué recordarán nuestros hijos de cómo resolvimos este conflicto?”
Porque los conflictos de pareja terminan. Las decisiones judiciales también.
Pero la forma en que un niño vivió aquel proceso puede acompañarle durante toda su vida.
Educar también es enseñar a resolver los conflictos con respeto.
Y esa es, probablemente, una de las mayores herencias que unos padres pueden dejar a sus hijos.
GRACIAS
José A. Veiga