
Hay conversaciones que parecen condenadas al fracaso incluso antes de empezar.
Dos personas que llevan meses sin entenderse.
Una pareja que siempre termina discutiendo por lo mismo.
Dos hermanos enfrentados por una herencia.
Un padre y un hijo que ya no saben cómo hablarse.
En esos momentos solemos pensar que el problema está en las respuestas.
Sin embargo, la experiencia me ha enseñado algo diferente.
Muchas veces el problema no son las respuestas. Son las preguntas.
Las preguntas pueden cerrar… o abrir una conversación
No es lo mismo preguntar:
”¿Por qué hiciste eso?” que preguntar:
”¿Qué estaba pasando por tu cabeza en aquel momento?”
La primera suele buscar culpables.
La segunda intenta comprender.
No es igual decir: ”¿Quién tiene la culpa?”
que preguntar:”¿Qué necesitamos para que esto no vuelva a ocurrir?”
Una pregunta mira al pasado. La otra empieza a construir el futuro.
Y ese pequeño cambio puede transformar completamente una conversación.
Las preguntas que generan defensa
Hay preguntas que, sin darnos cuenta, colocan a la otra persona en modo defensivo.
- ¿Por qué eres así?
- ¿No te das cuenta del daño que has hecho?
- ¿Cómo puedes pensar eso?
- ¿No crees que estás equivocado?
Aunque se formulen con buena intención, suelen provocar justificaciones, excusas o ataques.
La conversación deja de ser un espacio para comprender y se convierte en un juicio.
Las preguntas que abren puertas
En mediación aprendemos que las mejores preguntas no buscan ganar una discusión.
Buscan descubrir algo que todavía no conocemos.
Algunas de las preguntas más transformadoras son:
- ¿Qué es lo que más te preocupa en esta situación?
- ¿Qué necesitas para sentir que has sido escuchado?
- ¿Qué crees que la otra persona aún no ha comprendido de ti?
- ¿Qué sería un buen resultado para ti?
- ¿Qué parte de este conflicto te gustaría dejar atrás?
- ¿Qué tendría que ocurrir para que dieras un pequeño paso hacia el acuerdo?
Son preguntas sencillas.
Pero tienen una enorme capacidad para cambiar el rumbo del diálogo.
La curiosidad vence al juicio
Existe una diferencia fundamental entre preguntar para demostrar algo y preguntar para aprender.
Cuando preguntamos desde el juicio, buscamos confirmar nuestras ideas.
Cuando preguntamos desde la curiosidad, permitimos que aparezcan nuevas posibilidades.
La curiosidad desarma. El juicio enfrenta.
Por eso, muchas veces una buena pregunta vale más que el mejor argumento.
El silencio también forma parte de la pregunta
Existe otro detalle que solemos olvidar.
Después de hacer una buena pregunta… hay que saber esperar.
El silencio no es un fracaso de la conversación.
Es el espacio donde la otra persona empieza a pensar de verdad.
Los mediadores aprendemos que algunas de las respuestas más importantes no llegan inmediatamente.
Necesitan unos segundos de silencio para aparecer.
Una pregunta puede cambiar una historia
He visto mediaciones bloqueadas durante horas que empezaron a avanzar gracias a una única pregunta.
No porque aquella pregunta resolviera el conflicto.
Sino porque permitió que las personas dejaran de defender posiciones y comenzaran a expresar necesidades, emociones y esperanzas.
Las grandes conversaciones no siempre nacen de grandes discursos.
Con frecuencia empiezan con una pregunta formulada desde el respeto.
Porque una buena pregunta no obliga a responder. Invita a reflexionar.
Y cuando una persona empieza a reflexionar, el conflicto deja de ser un muro para convertirse en una oportunidad de encuentro.
Quizá la próxima vez que una conversación parezca imposible no necesitemos mejores respuestas. Quizá solo necesitemos hacer una pregunta diferente.
GRACIAS
José A. Veiga