
Cuando hablo de mediación, muchas personas piensan que todo depende de quién tiene razón.
Sin embargo, después de muchos años acompañando a familias, he aprendido que el verdadero problema suele ser otro.
Muchas veces, las personas toman decisiones intentando protegerse… y acaban perjudicándose mutuamente.
Eso es, precisamente, lo que explica una conocida teoría llamada el dilema del prisionero.
Aunque el nombre parezca complicado, la idea es muy sencilla.
Y, lo más curioso, es que ocurre todos los días en muchas familias.
Imaginemos una situación
Dos hermanos han discutido. Los dos están enfadados.
Los dos quieren que el otro dé el primer paso.
Cada uno piensa: “Si cedo primero, parecerá que la culpa fue mía.”
Así que ambos esperan. Pasan los días. Nadie habla.
Cada uno cree que está protegiéndose. Pero, en realidad, los dos están perdiendo.
Han perdido la tranquilidad. La confianza. Y una relación que antes era importante.
Lo mismo ocurre en muchas parejas
Después de una discusión, uno decide guardar silencio.
El otro también. Nadie quiere ser el primero en acercarse. Porque ambos tienen miedo. Miedo a sentirse rechazados. Miedo a parecer débiles. Miedo a que el otro no responda.
Cada uno toma la decisión que considera más segura. Pero el resultado es que la distancia crece.
¿Qué nos enseña el dilema del prisionero?
Que la decisión que parece mejor para una persona, tomada de forma aislada, no siempre es la mejor para todos.
Cuando solo pensamos en proteger nuestra posición, olvidamos cuidar la relación.
Y las relaciones no funcionan como una competición. Funcionan como un proyecto compartido.
El papel del mediador
En mediación no buscamos que alguien gane. Buscamos que ambas personas descubran que colaborar suele ofrecer mejores resultados que competir.
Muchas veces basta con cambiar una pregunta.
En lugar de preguntar:
”¿Quién debería dar el primer paso?”
preguntamos:
”¿Qué ocurriría si ambos dierais un pequeño paso al mismo tiempo?”
Ese cambio transforma la conversación. Porque deja de buscar culpables y empieza a construir soluciones.
La confianza no aparece por casualidad
Muchas familias esperan recuperar la confianza para empezar a colaborar.
Sin embargo, suele ocurrir justo al revés. Primero colaboramos.
Y después aparece la confianza.
Las relaciones se fortalecen con pequeños gestos.
Con una llamada. Con una conversación. Con una disculpa. Con una pregunta sincera.
Ninguno de esos gestos garantiza que el otro responderá como esperamos. Pero todos aumentan las posibilidades de que el conflicto empiece a cambiar.
En las familias nadie gana cuando alguien pierde
En una familia, una victoria absoluta casi nunca existe.
Si un hermano deja de hablar a otro…
Si unos padres convierten cada conversación en una batalla…
Si una pareja vive intentando demostrar quién tiene razón…
Puede que alguien sienta que ha ganado una discusión.
Pero todos han perdido algo mucho más valioso.
La confianza. La cercanía. La paz.
Una reflexión final
Como mediador, he comprobado que los conflictos más difíciles no se resuelven cuando una persona convence a la otra.
Empiezan a resolverse cuando ambas descubren que seguir compitiendo les hace perder más de lo que imaginaban.
Porque las mejores decisiones no siempre son las que protegen nuestro orgullo. Son las que protegen nuestras relaciones.
Y, en una familia, cuidar la relación casi siempre será más importante que ganar una discusión.
GRACIAS
José A. Veiga