
Hay una pregunta que rara vez nos hacemos quienes nos dedicamos a la mediación:
¿Qué efecto tiene la mediación sobre el propio mediador?
Hablamos con frecuencia de cómo la mediación transforma a las personas que acuden a ella. Analizamos el impacto de un buen acuerdo, el valor del diálogo o la reconstrucción de las relaciones. Sin embargo, apenas reflexionamos sobre la otra transformación: la que experimenta quien lleva años acompañando conflictos ajenos.
Después de veinte años mediando, uno descubre que la mayor huella de esta profesión no queda en los expedientes archivados ni en los acuerdos firmados. Queda en la forma de mirar a las personas.
El mediador veterano aprende que casi nadie es únicamente la versión que muestra en una sala de mediación. Detrás de cada enfado suele haber miedo. Detrás de muchas exigencias, una necesidad no reconocida. Detrás del silencio, una historia que todavía no ha encontrado palabras.
Con el tiempo, la escucha deja de ser una técnica para convertirse en una manera de estar en el mundo. Ya no se oyen solo las palabras; se perciben las pausas, las miradas, las contradicciones y aquello que nadie se atreve a decir.
También cambia la forma de juzgar. O, mejor dicho, se aprende a juzgar menos. La experiencia demuestra que las conductas humanas rara vez pueden comprenderse desde una única perspectiva. Cada conflicto enseña que toda historia tiene matices y que la verdad suele ser más compleja de lo que aparenta.
Paradójicamente, mediar también obliga a convivir con la incertidumbre. No todas las mediaciones terminan en acuerdo. No todas las personas están preparadas para cambiar. No todos los conflictos encuentran una solución. Con los años, el mediador comprende que su responsabilidad no consiste en controlar el resultado, sino en ofrecer un espacio donde el diálogo sea posible.
Quizá una de las transformaciones más profundas sea la relación con las propias emociones. La serenidad deja de confundirse con la indiferencia. Se aprende a sostener el dolor ajeno sin apropiárselo, a acompañar sin invadir y a empatizar sin perder la necesaria distancia profesional.
Pero existe otra huella menos visible.
Después de escuchar durante años historias de pérdidas, traiciones, reconciliaciones y esperanza, el mediador comienza a valorar de otra manera sus propias relaciones. Descubre que muchas discusiones cotidianas no merecen convertirse en batallas. Aprende a pedir perdón antes, a escuchar más y a cuidar mejor los vínculos que realmente importan.
Sin embargo, esta profesión también exige un precio. Hay conversaciones que permanecen en la memoria durante mucho tiempo. Hay rostros que no se olvidan. Hay conflictos cuya carga emocional acompaña al mediador incluso cuando termina la sesión. Por eso, cuidar de quien cuida no es un lujo, sino una necesidad ética y profesional.
Después de veinte años mediando, uno comprende que la mayor transformación no siempre ocurre en las personas que se sientan frente al mediador.
Con frecuencia, sucede en quien ocupa la tercera silla.
Porque ser mediador no consiste únicamente en resolver conflictos.
Es aprender, día tras día, a mirar al ser humano con más profundidad, más humildad y más compasión.
Y quizá esa sea la huella más valiosa que deja una vida dedicada a la mediación.
GRACIAS
José A. Veiga