
Hay mediaciones que desconciertan incluso a los profesionales más experimentados.
Las posiciones están claras. Las propuestas son razonables. Existen alternativas viables. El coste de continuar enfrentados es evidente para todos. Sin embargo, las partes permanecen inmóviles.
A menudo pensamos que el obstáculo está en los intereses, en las emociones no expresadas o en la falta de confianza. Pero, en ocasiones, el verdadero bloqueo es mucho más profundo: el conflicto ha dejado de ser algo que la persona tiene para convertirse en algo que la persona es.
Cuando esto sucede, abandonar el conflicto puede vivirse como una pérdida de identidad.
Durante años, algunas personas han construido su forma de relacionarse con el mundo alrededor de un litigio, una disputa familiar, una herencia, un desacuerdo empresarial o un divorcio. Sin darse cuenta, han reorganizado su vida, sus conversaciones, sus relaciones e incluso su narrativa personal alrededor de ese conflicto.
Ya no responden únicamente a la pregunta «¿qué me ocurrió?», sino también a otra mucho más profunda: «¿quién soy?»
Y, en ocasiones, la respuesta es inquietante:
“Soy la persona a la que engañaron.”
“Soy quien lucha por hacer justicia.”
“Soy quien no piensa ceder jamás.”
“Soy quien lleva años defendiendo a su familia.”
Cuando el conflicto pasa a formar parte de la identidad, resolverlo implica algo más que alcanzar un acuerdo. Significa enfrentarse al vacío que deja una historia personal construida durante años.
Quizá por eso algunas mediaciones fracasan incluso cuando las soluciones son objetivamente buenas. No porque las personas deseen sufrir, sino porque todavía no saben quiénes serán cuando dejen de ser “la parte en conflicto”.
Este fenómeno plantea un desafío apasionante para la mediación profesional.
Tal vez el mediador no solo deba ayudar a construir acuerdos, sino también acompañar a las personas en la reconstrucción de una identidad que ya no necesite alimentarse del enfrentamiento.
Desde esta perspectiva, algunas preguntas adquieren una fuerza extraordinaria:
- ¿Quién era usted antes de que comenzara este conflicto?
- ¿Qué aspectos de su vida han quedado en pausa mientras sostenía esta lucha?
- ¿Cómo le gustaría que le recordaran dentro de diez años: por el conflicto o por cómo fue capaz de transformarlo?
- ¿Qué espacio podría ocupar en su vida todo aquello que el conflicto ha ido desplazando?
Quizá una de las funciones más profundas del mediador no sea únicamente facilitar el diálogo, sino ayudar a que las personas descubran que pueden seguir siendo ellas mismas sin necesitar el conflicto para definir quiénes son.
Porque cuando una persona deja de identificarse con el enfrentamiento, la posibilidad de alcanzar un acuerdo deja de ser una amenaza y comienza a convertirse en una oportunidad.
Ese puede ser uno de los conflictos más invisibles, complejos y, al mismo tiempo, más trascendentes con los que trabajamos quienes nos dedicamos profesionalmente a la mediación.
GRACIAS
José A. Veiga