Las personas no buscan solo justicia. Buscan Paz.

Porque al final, más allá de sentencias y procedimientos, lo que las personas realmente buscan es vivir en Paz

Vivimos en una sociedad donde los conflictos forman parte de la vida cotidiana. Surgen en la familia, en el trabajo, entre vecinos, en comunidades, en empresas o en relaciones personales. Ante ellos, el sistema jurídico ofrece herramientas, procedimientos y sentencias. Sin embargo, existe una realidad profunda que a menudo queda fuera de los códigos y tribunales:

Las personas no buscan solo justicia. Buscan paz.

Y esa Paz rara vez se encuentra únicamente en una resolución judicial.

La justicia legal y la justicia emocional

Cuando una persona se ve envuelta en un conflicto, su primera reacción suele ser defender su posición. Quiere que se reconozca su derecho, que se repare un daño o que se restablezca un equilibrio. Es legítimo y necesario.

Pero junto a esa necesidad jurídica aparece otra más silenciosa y profunda:
la necesidad de cerrar el conflicto emocional.

Porque un conflicto no solo genera consecuencias legales. También provoca:

  • Preocupación constante
  • Tensión emocional
  • Ruptura de relaciones
  • Sensación de injusticia
  • Desgaste mental
  • Inseguridad

Una sentencia puede resolver el aspecto jurídico, pero no siempre devuelve la tranquilidad perdida. Muchas personas, incluso después de ganar un proceso judicial, sienten que el conflicto continúa en su interior.

Vivir en paz: el verdadero objetivo

Cuando se escucha atentamente a quienes atraviesan conflictos importantes, la mayoría no desea una batalla interminable. Lo que realmente quieren es:

  • Dejar de discutir
  • Dormir tranquilos
  • No sentirse amenazados
  • Poder convivir
  • Recuperar la normalidad
  • Pasar página

En definitiva, vivir en paz.

La paz no significa necesariamente que todo sea perfecto o que alguien tenga toda la razón. Significa que el conflicto deja de ocupar el centro de la vida y permite avanzar.

El error de convertir el conflicto en una guerra

En muchos casos, los conflictos se transforman en auténticas guerras personales o judiciales. Cada escrito, cada palabra y cada gesto se interpreta como un ataque. Las posiciones se endurecen y el objetivo inicial —resolver el problema— se sustituye por otro: vencer al otro.

Cuando esto ocurre, el conflicto se alarga y se intensifica. El proceso se convierte en un fin en sí mismo.
Y la Paz se aleja.

Se pierde de vista que, tras la sentencia o el acuerdo, las personas deberán seguir viviendo. Seguir trabajando, conviviendo o recordando. La forma en que se resuelva el conflicto marcará ese futuro.

El valor de los caminos dialogados

Por eso, cada vez más profesionales del derecho y de la resolución de conflictos apuestan por vías que no solo resuelvan jurídicamente, sino que también pacifiquen las relaciones.

La mediación, la conciliación, la negociación o el derecho colaborativo buscan precisamente eso:
resolver sin destruir.

No se trata de evitar la justicia, sino de alcanzarla de una forma más humana y sostenible. Estos procesos permiten:

  • Expresar lo que se siente
  • Comprender a la otra parte
  • Reducir la tensión
  • Encontrar soluciones prácticas
  • Cerrar el conflicto de forma real

Cuando las personas participan activamente en la solución, el acuerdo no es solo legal: es también emocionalmente aceptable. Y eso genera Paz.

La paz como indicador de éxito

Durante mucho tiempo se ha medido el éxito de un conflicto en términos de victoria o derrota. Hoy empieza a surgir otro indicador más relevante: el grado de paz alcanzado al final del proceso.

Un conflicto bien gestionado es aquel que:

  • No deja heridas innecesarias
  • Permite continuar con la vida
  • Evita nuevos enfrentamientos
  • Genera aprendizaje
  • Devuelve la serenidad

La verdadera resolución no es solo jurídica, sino vital.

Una responsabilidad compartida

La búsqueda de la paz no depende únicamente de jueces o mediadores. También es una responsabilidad de la ciudadanía. Cada persona implicada en un conflicto puede decidir cómo afrontarlo:

  • Desde la confrontación permanente
  • O desde la búsqueda de soluciones

Elegir el camino del diálogo no significa renunciar a derechos. Significa defenderlos con inteligencia y perspectiva de futuro.

La serenidad como meta final

Cuando pasa el tiempo y el conflicto queda atrás, lo que realmente permanece no es la sentencia ni los escritos. Lo que queda es la sensación con la que se cierra esa etapa: rencor o serenidad.

La mayoría de las personas, si se les pregunta con sinceridad, no desean prolongar la lucha indefinidamente. Desean recuperar su vida, su equilibrio y su tranquilidad.

Porque al final, más allá de procedimientos, estrategias jurídicas o posiciones enfrentadas, existe una verdad sencilla y universal:

Las personas quieren vivir en Paz.

Y todo sistema de resolución de conflictos, jurídico o dialogado, debería orientarse a hacer posible esa Paz.

GRACIAS

José A. Veiga

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